septendecim.

1. Erle Chase.

— ¡Pero si es Erle! —exclamó el hombre situado tras la barra.— ¿Lo mismo de siempre?

Erle se quitó el sombrero y lo dejó en el taburete de al lado, saludó al camarero y pidió algo de licor, sí, lo mismo de siempre. De fondo se escuchaban las risas de los clientes, la espiración de los más viejos y sus cigarros, y a Frank Sinatra.

— ¿Qué te ha pasado en el brazo? —preguntó el barman.

— Una larga historia…

Erle Chase siempre había sido un tipo solitario hasta el día que conoció a Elie, con la que mantenía una temprana relación que le dejaba flotando en las nubes. Sin embargo, el hombre empezó a no estar del todo convencido de aquella historia de amor. Pasó de los besos en el desayuno a preocuparse por su integridad física, ya que de vez en cuando sufría ataques anónimos. El último, un empujón por las escaleras.

Queriendo borrar el dolor físico y las sospechas hacia su querida novia, bebió de uledesilva_OPA_2n trago el licor y pidió dos más. Cuando se acabó la ronda, volvió a casa. La verdad era que, lo que debería ser un hogar acogedor e iluminado, se había tornado silencioso y solitario; pues comprobó que los armarios estaban vacíos, las llaves sobre el cenicero. El detective como siempre, en busca de respuestas, vislumbró un sobre en la mesita de noche. Lo abrió.

Y es que, como decía aquella canción del bar, ¿No sabes, tonto, que nunca podrás ganar? Usa la cabeza. Despierta a la realidad.”

 

2. Querido sr. Chase:

Tal vez esta carta aporte respuestas a las preguntas “¿adónde habrá ido?” o “¿por qué su ropa no está en el armario?” Es muy sencillo, no se puede convivir con una persona a rebosar de tópicos. Nuestra historia, tanto al comienzo como al final, ha estado llena de temas manidos; la sociedad se ha encargado de convertirte en una máquina garante, no de la verdad, sino de lo que te interesa escuchar. Respecto a tus sospechas, te las confirmo: puedes culparme de los accidentes que has sufrido desde que empezó nuestra relación. […] Yo también estaba enamorada, créeme, sin embargo y después de un tiempo, no he hecho otra cosa más que mentir. Si pensaste que, aquello que te dije, que los ataques producidos a tu persona se debían a los celos de mi ex marido, proyectados por uno de sus sicarios, entonces eres más tonto de lo que imaginaba. […] Hasta siempre, Erle…

Elie.

 

3. La verdad.

E²; se conocieron cuando ella le contrató para investigar el asesinato de su madre, tras eso se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Pero la carta, yaciente ahora entre las manos de Erle, había desmontado toda su historia romántica, y es que ella se había fugado con el asesino del caso, Cliff.

Elie descubrió que Cliff (el apodo, ya que su verdadero nombre era Alex Chilton), resultó ser su amigo de la infancia que, al ver los malos tratos de la madre hacia ella, quiso liberarla de su sufrimiento y optó por la vía del crimen.

La muchacha, al comprobar que Erle estaba demasiado corrompido por el mundo real como para ser feliz, plantó una semilla en el cerebro de Cliff, y como sabía que éste haría lo que fuese por ella, le sugirió que quitase de en medio al único obstáculo que les impedía estar juntos: él. De ahí los ataques anónimos, de ahí la actitud distante de ella en los últimos días, de ahí las llaves en el cenicero y los muebles vacíos.

De modo que, así era como consideraba ella la relación de ambos; como un acontecimiento convertido en cenizas, tal vez ni siquiera hubo fuego; y Erle estaba seguro de que, esta vez, el amor no sería un pájaro resurgido.

Brandy.

 

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